Martin Luther King fue educado por una familia cristiana de raza negra. Tuvo que sufrir la injusticia desde pequeñito en sus propias carnes.

Una gran parte del pueblo estadounidense estaba convencido de que había que tratar a los ciudadanos afroamericanos como ciudadanos de segunda clase. Pero la familia King conocía la Palabra de Dios y supo inculcarla a su hijo Martin. La Biblia, en Deuteronomio dice: “No perviertan la justicia; no hagan ninguna diferencia entre unas personas y otras (…)” El pueblo estadounidense estaba equivocado y Martin Luther King estaba en lo cierto. No sólo sobre el trato a otras razas, sino sobre el concepto de justicia y de aceptación por parte de Dios. Dios se describe a si mismo en la Biblia como un Dios justo y que no hace acepción de personas. Para Él todos somos iguales. En el Nuevo Testamento se dice que hay que tratar a los demás como superiores a uno mismo. ¡Qué curioso que, siempre que cometemos injusticia o hacemos acepción de personas, es para salir ganando nosotros! El mundo en que vivimos es sumamente injusto. Dios nos anima a luchar contra la injusticia. Jesús declaró en el “Sermón del Monte”: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Has de saber que no siempre te dan un Premio Nobel por esa justa lucha, o algún desalmado puede acabar con tu vida de la manera más injusta. Pero la esperanza última de cualquier persona que confía en Cristo, es saber que un día vivirá en el cielo; donde habita la justicia. Allí está ya Martin Luther King maravillado, gozoso y “saciado”, viviendo donde vive la justicia. A ti que lees esta pequeña reflexión: ¿No te gustaría tener la misma certeza que tenía Martin Luther King de que un día vivirás donde vive la justicia?