Todo ocurrió  una tarde de Agosto. Fue un día muy agradable. Todo era ideal. Habíamos pasado el día juntos fotografiando paisajes, escribiendo a amigos, leyendo juntos, sincronizando la agenda y aún teníamos energía para hacer muchas otras cosas, pero... Sin darme ni si quiera un aviso ¡me dejó!

Me abandonó con la palabra en la boca sin poder decirle un adiós. Al principio pensaba que me moría; me entró una angustia insoportable. Incluso le pedía a Dios con toda mi alma que me lo devolviera. Él era tan importante para mi, y me había dejado.

Empecé a escribir a algunos amigos para que me aconsejaran sobre como recuperarlo otra vez. No sabía qué hacer y la respuesta de todos era poco esperanzadora. Pasaban las horas y la desesperación aumentaba con ellas. Había perdido el apetito, la sonrisa... Hasta que de pronto, allí estaba él otra vez, como si nada hubiera pasado, como si no se hubiera notado su ausencia ni por un segundo, reluciente como el primer día, volviendo a la normalidad.

Seguramente algunos estaréis pensando: Ya está; la típica ruptura amorosa que forma parte de una telenovela barata. ¡Pero no! Os hablo de mi móvil. Mi móvil, con la batería cargada, se fue. Dejó de funcionar. Se apagó sin avisar. No reaccionaba, y allí dentro tenía tantas cosas... Pasado el susto, y como por arte de magia, mi móvil volvió a funcionar. Esto me hizo reflexionar. Un “simple” trozo de aluminio ionizado me había robado la alegría por horas. Mi esperanza y todo mi anhelo estaban en poder recuperar todo lo que contenía dentro.

Pensé en la mujer que perdió un dracma. Pensé en la parábola de la oveja perdida o en el padre del hijo pródigo. Todos ellos tuvieron una gran pérdida, una etapa de sufrimiento y agonía, pero también un reencuentro feliz, la recuperación y la restauración. Pero en lo que más pensé fue en la muerte y resurrección de Cristo. Dios dio lo que más valor tenia (su Hijo) para redimir mi vida, para sacarme de una situación penosa, pagando el precio de morir en una cruz por mi.

Es cierto que Jesús, el Hijo de Dios, murió en una cruz. Jesús un hombre sin mancha, sin pecado, sin culpa alguna, crucificado en mi lugar, pagando una deuda enorme por mi. Pero también es cierto que Jesús resucitó:

”...el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25)

Sí, ya sé que comparar la muerte y resurrección de Jesús con la de mi móvil es una gran chorrada, pero me hizo pensar en la gloriosa victoria para cada persona que cree en Jesucristo; quien murió, fue sepultado y resucitó.

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